Se decía que esta película del General y Evita se iba a centrar en la historia de amor. Esto iba a ser lo original, la excusa de llevarlos otra vez al cine. Además se nota que la primera parte de Juan y Eva se desarrolla tras ese objetivo. Pero resulta que a los 2 minutos de película ya se han encontrado Perón y Evita. Pero al contrario de lo que esperaríamos, no hay chispas ni miradas previas. No hay cámaras lentas ni fuegos artificiales. Ni siquiera hay música de fondo. Este momento mágico entre estos dos gigantes personajes sólo se cuenta con un insípido contraplano. Luego el amor sigue, aunque no sabemos muy bien por qué se enamoran. ¿Cómo no detenerse en lo bueno o atractivo de estas 2 personas? Estos personajes tenían miles de motivos para atraerse, para gustarse para amarse. ¿Los tenemos que suponer? ¿No los pueden hacer valer cinematográficamente? ¿No se puede intentar hacernos vivir la experiencia del amor a primera vista junto a ellos? ¿Es necesario correr el riesgo de que piensen por ahí que no exista tal amor, si se plantea otra cosa?
Una prueba de que la película tal vez no se crea su premisa, aquella de centrarse en la pareja, es que cuando van pasando los minutos, el guión ya no parece interesarse más por el amor. El 17 de octubre es muy grande y se lleva todo. Las imágenes de archivo con las miles de personas revoleando el pañuelo son demasiado emocionantes (mucho más que los 10 extras que levantan el puño cual video de Molotov en su reconstrucción). Entonces, así, la historia de amor es dejada de lado.
Hacia el final Evita ya casi ni aparece. La película no sabe cómo terminar. Así que se resuelve con una frase absurda más títulos informativos de lo que pasó después. O sea, allí se lee que luego se casaron. ¡Ni siquiera mostraron cuando se casaron! ¡Las películas románticas terminan en boda! ¿Por qué no me muestran la boda si era una película de amor? Bueno, parece que no lo era. Era difícil pelear contra el 17 de octubre. Otra derrota de la ficción.
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